La caja de vino que pudo cambiar la Historia
El 13 de marzo de 1943, Adolf Hitler subió a bordo de su avión para regresar a la Guarida del Lobo tras una visita rutinaria al Frente Oriental. Saludó a los oficiales que le despedían, intercambió unas últimas palabras con su séquito y ocupó su asiento sin imaginar que, a escasos metros de él, viajaba una bomba capaz de cambiar el rumbo de la Segunda Guerra Mundial. El explosivo no había sido colocado por espías británicos ni por comandos soviéticos. Lo había preparado un oficial alemanes de su propio ejército, un hombre que había llegado a la conclusión de que el mayor enemigo de Alemania ya no estaba al otro lado del frente, sino sentado dentro de aquel mismo avión.
El general Henning von Tresckow, era un brillante oficial, respetado y condecorado; un aristócrata prusiano que había servido a Alemania con absoluta lealtad desde el comienzo del conflicto. Sin embargo, para Tresckow, acabar con el dictador había dejado de ser una cuestión política para convertirse en un deber moral. Estaba convencido de que Hitler no solo estaba destruyendo Europa, sino también el alma de Alemania. «Allí donde empieza el deber, ha de acabar el temor», solía repetir a quienes compartían la conspiración.

Aquel día, el plan era de una sencillez casi perfecta. La muerte viajaría discretamente en el mismo avión del Führer. El explosivo, de fabricación británica, había sido preparado por su ayudante de campo (Ordonnanzoffizier o adjunto personal) de Henning von Tresckow en el Estado Mayor del Grupo de Ejércitos Centro, el teniente Fabian von Schlabrendorff.Lo ocultaron cuidadosamente dentro de un paquete que simulaba contener dos botellas de licor Cointreau, envuelto con el aspecto inocente de un regalo entre oficiales. Nadie prestaría atención a unas simples botellas de vino o licor en mitad de una guerra.
Cuando la visita terminó y Hitler se dirigió hacia su Focke-Wulf Fw 200 Cóndor, Tresckow dio el último paso. Se acercó al teniente coronel Heinz Brandt, uno de los oficiales del séquito del dictador, y le pidió un pequeño favor. Le explicó que había perdido una apuesta con el coronel Helmuth Stieff, destinado en la Guarida del Lobo, y que deseaba enviarle aquellas botellas como pago de la deuda. Brandt aceptó sin la menor sospecha. Sonrió, tomó el paquete y lo entregó al personal encargado del equipaje. En ese preciso instante, la bomba acababa de subir al avión de Hitler.
Minutos antes del despegue, Schlabrendorff había activado el detonador químico. El mecanismo estaba diseñado para retrasar la explosión aproximadamente media hora, tiempo suficiente para que el Cóndor se encontrara ya en pleno vuelo sobre territorio alemán. Si todo funcionaba como estaba previsto, el avión desaparecería en el aire sin dejar supervivientes. Probablemente el accidente sería atribuido a un fallo mecánico y nadie llegaría a conocer jamás la verdadera historia de aquellas dos inocentes botellas de licor.
Los motores rugieron y el avión desapareció en el horizonte. Comenzó entonces una espera interminable. Los conspiradores apenas hablaban. Cada minuto acercaba el instante en que la noticia recorrería Europa. Bastaba con imaginar la escena: una explosión en pleno vuelo, los restos del aparato esparcidos sobre los bosques de Prusia Oriental y el régimen nazi descabezado de forma repentina. Era, posiblemente, el atentado más limpio y mejor concebido de cuantos se habían planeado contra Hitler.

Pero la llamada que esperaban nunca llegó.
Horas después se confirmó lo impensable. El avión había aterrizado con absoluta normalidad. Hitler había descendido del aparato sin un solo rasguño. La bomba jamás había explotado.
El azar —o quizá el destino— había intervenido. El paquete había viajado en el compartimento de equipajes del Cóndor, una bodega sin calefacción donde las temperaturas descendían muchos grados bajo cero durante el vuelo. El frío congeló el mecanismo químico del detonador e impidió que la reacción llegara a producirse.
El fracaso planteaba un nuevo problema. Si alguien abría el paquete al llegar a la Guarida del Lobo, descubriría inmediatamente el explosivo y la conspiración quedaría al descubierto. Al día siguiente, Fabian von Schlabrendorff, con una serenidad admirable recuperó el supuesto regalo alegando que se había producido un malentendido con las botellas destinadas a Helmuth Stieff. Nadie sospechó de él, se alejó con el paquete bajo el brazo y, con él, desaparecieron también las pruebas del atentado.

Henning von Tresckow no abandonó la lucha. Continuó organizando la resistencia dentro del ejército y participó activamente en los preparativos del atentado del 20 de julio de 1944, protagonizado por Claus von Stauffenberg. Cuando también aquel plan fracasó y Hitler volvió a sobrevivir, comprendió que ya no existía escapatoria. Sabía que la Gestapo terminaría encontrando el hilo de la conspiración y que, bajo tortura, muchos de sus compañeros serían condenados.
En la madrugada del 21 de julio de 1944 escribió una breve carta de despedida a su esposa, Erika. Resulta estremecedor leer sus últimas palabras. No hablaban de política ni de guerra. «Hoy tenemos un maravilloso día de verano. Incluso se oye la llamada de la oropéndola. Quiero aprovechar para hacer un recorrido largo por el frente». Horas después simuló un ataque de partisanos cerca de Ostrow y activó una granada de mano.
Tras su muerte, Henning von Tresckow fue enterrado en el cementerio de la finca familiar de Wartenberg. Sin embargo, el régimen nazi no tardó en descubrir su implicación en la conspiración contra Hitler. Cuando la Gestapo logró reconstruir la red de los conjurados semanas después, ni siquiera la muerte le libró de la venganza del Tercer Reich. Su cuerpo fue exhumado por orden de las autoridades nazis, trasladado al campo de concentración de Sachsenhausen e incinerado para borrar cualquier rastro de quien había osado desafiar al Führer. Su esposa, Erika, y sus hijos también fueron detenidos en aplicación de la Sippenhaft, la despiadada doctrina nazi que castigaba a las familias de quienes eran considerados traidores. A pesar de todo, lograron sobrevivir al final de la guerra.

Hoy el nombre de Henning von Tresckow apenas aparece en los libros de divulgación. Sin embargo, estuvo a unos pocos grados de temperatura de cambiar el destino del siglo XX. Si aquel detonador hubiera funcionado, Hitler habría muerto el 13 de marzo de 1943. Quizá la guerra habría terminado antes. Quizá cientos de miles de personas habrían sobrevivido. Nunca lo sabremos.