Mujeres espías en la SGM: Christine Granville
María Krystyna Janina Skarbek nació en Varsovia en 1908, en el seno de una familia acomodada de origen aristocrático. Su infancia transcurrió entre caballos, viajes y una vida que parecía pertenecer a otro tiempo. Pero aquel mundo no duraría para siempre. La fortuna familiar se desvaneció durante la década de 1920 y Krystyna tuvo que empezar a buscarse la vida. Trabajó en un concesionario de automóviles, fue finalista de Miss Polonia y pasó largas temporadas esquiando y caminando por las montañas Tatra. Se casó joven, aunque aquel matrimonio duró poco. Después conoció a Jerzy Giżycki, un hombre aventurero, escritor y viajero con quien compartiría una parte importante de su vida.
Quizá todavía no lo sabía, pero aquella mezcla de independencia, curiosidad y gusto por la aventura acabaría convirtiéndose en algo mucho más importante.
En septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia y la vida de Krystyna Skarbek cambió para siempre. La guerra la encontró fuera de Polonia. Desde el principio quiso regresar y ponerse al servicio de la resistencia contra la Alemania Nazi. No era una mujer acostumbrada a esperar a que otros decidieran por ella.
Comenzó a trabajar para la SOE británica, la organización creada durante la Segunda Guerra Mundial para llevar a cabo operaciones clandestinas en la Europa ocupada. Y fue entonces cuando apareció Christine Granville. Un nombre nuevo para una vida nueva. Como agente secreta, Granville recorrió una Europa en la que las fronteras podían convertirse en trampas mortales. Había que saber cuándo hablar, cuándo callar y, sobre todo, cuándo improvisar.
En Hungría fue detenida junto a su compañero Andrzej Kowerski y ambos fueron interrogados por la Gestapo. La situación era desesperada. Entonces Krystyna hizo algo tan sencillo como aterrador: se mordió la lengua hasta hacerla sangrar. El médico que la examinó creyó que padecía una tuberculosis pulmonar avanzada. Los alemanes decidieron liberarlos. No era la primera vez que Granville conseguía que alguien creyera una mentira. Y tampoco sería la última.
Después de aquella detención, quedarse en Hungría era demasiado peligroso. El embajador británico Owen O’Malley y su esposa, la escritora Ann Bridge, ayudaron a organizar su fuga. Skarbek recibió un pasaporte británico y adoptó definitivamente el nombre de Christine Granville. También rejuveneció sobre el papel: su nueva documentación decía que había nacido en 1915.
La huida tuvo algo de película de espionaje. Granville salió de Hungría escondida en el maletero de un automóvil de la embajada británica. Kowerski cruzó la frontera por su cuenta. Se reunieron en Yugoslavia y continuaron el viaje en automóvil. Pero lo verdaderamente extraordinario estaba en lo que llevaban consigo.Una vez en Bulgaria, entraron en contacto con representantes británicos y entregaron unos rollos de microfilme obtenidos de la inteligencia polaca. Las fotografías mostraban una importante concentración de fuerzas alemanas cerca de la frontera con la Unión Soviética.
Aquella información apuntaba hacia algo que todavía parecía imposible: Alemania estaba preparando una invasión de la Unión Soviética. Los documentos fueron enviados a Londres donde Winston Churchill recibió la información con incredulidad.
Mientras Hitler lanza la invasión de la Unión Soviética en junio de 1941, espionaje. Granville y Kowerski habían continuado su viaje. Turquía. Siria. Líbano. Palestina. Finalmente, El Cairo. Granville parecía tener una habilidad especial para caminar por el borde del precipicio sin caer.
Pero sería en Francia donde su leyenda alcanzaría otra dimensión. En 1944, cuando los aliados desembarcaron en Normandía y la resistencia francesa comenzó a prepararse para el momento decisivo, Granville fue enviada al sur del país. Allí trabajó con los grupos de la Resistencia y con otros agentes de la SOE.
Francia estaba a punto de romper las cadenas de la ocupación, pero todavía quedaban tropas alemanas, colaboradores, controles y hombres dispuestos a matar para impedirlo. Granville se movía entre ellos.
Uno de los episodios más conocidos de su trayectoria tuvo como protagonistas a tres agentes aliados capturados por los alemanes: Francis Cammaerts, Xan Fielding y Christian Sorensen. Su situación era crítica. Granville decidió intervenir.
Se presentó ante los alemanes y consiguió negociar la liberación de los prisioneros mediante una combinación de persuasión, amenazas y sobornos. No fue una operación militar. No hubo una batalla.
Hubo algo mucho más propio de ella: sangre fría.
Y funcionó.
Durante la retirada alemana llegó a Gap, donde los grupos de la Resistencia habían capturado a numerosos soldados. Entre ellos había varios polacos que habían sido incorporados al ejército alemán. Granville se dirigió a ellos con un megáfono. Les habló en polaco.Les ofreció una alternativa: abandonar los uniformes alemanes y unirse a los aliados. Uno tras otro, los soldados se quitaron los uniformes. Aquella manera de actuar no gustó a todos. El general estadounidense Frederic B. Butler llegó a amenazar a Granville y a Cammaerts con arrestarlos y llevarlos ante un consejo de guerra. Pero poco después otro general estadounidense, Alexander Patch, reconoció su utilidad y los incorporó como enlace con los grupos de la Resistencia.
Quienes trabajaron con ella dejaron testimonios que ayudan a comprender el personaje:
Vera Atkins, una de las figuras fundamentales de la SOE, la describió como una mujer muy valiente y atractiva, pero también solitaria y acostumbrada a regirse por sus propias leyes. «Christine Granville no era fácil de encajar en una estructura militar».
El periodista Alistair Horne, que llegó a conocerla, fue todavía más directo: la llamó «la más valiente de los valientes». No resulta difícil entender por qué. Granville no parecía buscar el peligro por el peligro. Lo que tenía era una extraordinaria capacidad para enfrentarse a él cuando aparecía.
Cammaerts, que había estado a punto de ser ejecutado, sobrevivió gracias a aquella intervención. Años después, llamaría Christine a una de sus hijas en su honor.
La guerra terminó en 1945.Y entonces llegó la parte de su historia que resulta, quizá, más amarga. Christine Granville había sobrevivido. Había trabajado para los británicos, había arriesgado su vida en misiones clandestinas y había ayudado a salvar a otros agentes. Había recibido importantes condecoraciones, entre ellas la Medalla de Jorge, la Orden del Imperio Británico y la Cruz de Guerra de 1939-1945.Pero las medallas no daban de comer.
Granville se encontró prácticamente sin dinero y sin un país al que regresar. Polonia había quedado bajo la órbita soviética y su situación política la había dejado sin una patria a la que volver. Solicitó un pasaporte británico. Mientras esperaba, tuvo que enfrentarse a una vida que nada tenía que ver con aquella agente que había atravesado la Europa ocupada. Buscó trabajo.
Fue telefonista. Vendedora. Camarera. Más tarde trabajó como azafata en barcos de pasajeros. La mujer que había engañado a la Gestapo terminó intentando encontrar su sitio en una sociedad que parecía haber olvidado demasiado deprisa a quienes habían luchado en la sombra.
Incluso intentó marcharse a Kenia para reunirse con un antiguo amante, pero las autoridades coloniales británicas rechazaron su permiso de trabajo por lo que regresó a Londres. Y siguió adelante. Como había hecho siempre.
Christine Granville murió de una forma que parece cruelmente injusta para alguien que había sobrevivido a tantos peligros.
El 15 de junio de 1952, fue asesinada a puñaladas en el hotel Shelbourne, en Earl’s Court, Londres. Tenía 44 años.
Su asesino fue Dennis George Muldowney, un antiguo compañero de trabajo que se había obsesionado con ella. Fue detenido, juzgado y condenado a muerte. El 30 de septiembre de aquel mismo año fue ejecutado en la prisión de Pentonville.
Granville fue enterrada en el cementerio católico de Santa María, en Londres.
Después de su muerte, algunos de los hombres que habían trabajado con ella y a los que había ayudado durante la guerra se ocuparon de proteger su memoria. Entre ellos estaba Andrzej Kowerski, su compañero sentimental y también agente de la SOE.
En 1971, cuando un grupo polaco adquirió el hotel donde había sido asesinada, apareció en uno de los almacenes un viejo baúl que había pertenecido a Granville. Dentro estaban algunas de sus ropas, documentos y una daga de la SOE.
Hoy, parte de aquellos objetos y sus condecoraciones se conservan en el Instituto Polaco y Museo Sikorski de Londres.
Ella sobrevivió a los interrogatorios, a las fronteras, a los controles, a los hombres que podían matarla y a una guerra que parecía no dejar espacio para quienes vivían en la clandestinidad. Sobrevivió a todo aquello. Pero no consiguió encontrar un lugar en el mundo que vino después.
Quizá por eso su historia resulta tan poderosa. Y su nombre, Christine Granville, sigue apareciendo allí donde se habla de las mujeres que, desde la sombra, también ayudaron a cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial.
En 2017, un busto de bronce recordó su figura en Kensington.










